Por qué cambiar de café no arregla nada
Todos hemos estado ahí. El espresso no sabe como quieres. Algo falla. No sabes exactamente qué. Y piensas: "Será el café. Necesito probar otro."
Es la conclusión más natural del mundo. Y es casi siempre la equivocada.
El café como chivo expiatorio
Cambiar de café es fácil. No requiere admitir que no dominas tu molinillo. No requiere cuestionar tu técnica. No requiere paciencia. Solo requiere una compra.
Por eso es tan tentador. Porque externaliza el problema. El café nuevo huele diferente, sabes que es diferente, y durante las primeras tazas te parece que sí, que era eso. Hasta que vuelves al mismo sitio.
Qué suele ser el problema real
Molienda mal calibrada para ese café concreto. Agua inadecuada. Dosis inconsistente. Café que lleva abierto demasiado tiempo. Temperatura de máquina que no compensa bien.
Ninguna de estas cosas se soluciona cambiando de café. Se solucionan entendiendo tu equipo y tu proceso. Y eso lleva tiempo y repetición, no variedad.
Un buen café en manos que no entienden su equipo sabe peor que un café mediocre extraído con criterio.
Cuándo SÍ tiene sentido cambiar
Cuando tu proceso es estable y consistente, y aun así el sabor no te convence. Cuando has agotado los ajustes razonables. Cuando llevas semanas con el mismo café y lo conoces bien.
Ahí sí: probar otro café tiene sentido. Porque ya no buscas una solución. Buscas una preferencia. Y eso es completamente diferente.